Además de los sistemas físico-químicos de adsorción como el carbón activado, existe una segunda gran familia de tecnologías para el control de olores en plantas de tratamiento y estaciones de bombeo de aguas residuales: la biofiltración. En lugar de atrapar físicamente el gas contaminante, este proceso lo destruye mediante microorganismos que lo utilizan como fuente de alimento y energía.
¿Cómo funciona un biofiltro?
El aire contaminado se hace pasar lentamente a través de un lecho o media filtrante donde habitan millones de microorganismos especializados, que forman una biopelícula sobre la superficie del material. Estas bacterias metabolizan el ácido sulfhídrico (H₂S) y otros compuestos orgánicos volátiles, transformándolos en productos menos tóxicos o inodoros. Para que el sistema funcione, es indispensable mantener humedad constante —mediante riego periódico— y, en algunos casos, un aporte regular de nutrientes.
Existen dos tipos principales de biofiltros, según el material que se use como medio de soporte.
Biofiltro orgánico (media orgánica)

Utiliza materiales biodegradables y porosos —astillas de madera, corteza, turba o compost— como soporte para el crecimiento de los microorganismos. Estos materiales ya aportan nutrientes propios, por lo que su operación es sencilla y de bajo costo, ideal para proyectos con presupuestos ajustados. Su principal desventaja es que, al ser orgánicos, se degradan y compactan con la humedad, por lo que suelen requerir reemplazo total cada dos a cuatro años.
Biofiltro inorgánico (media inorgánica)
Emplea materiales inertes como roca volcánica triturada, cerámicas porosas o arcilla expandida. A diferencia del medio orgánico, no se degrada con el tiempo y puede superar los diez años de vida útil sin perder su forma. Como el material no aporta nutrientes propios, es necesario inyectar periódicamente agua y nutrientes a las bacterias adheridas para mantenerlas activas. Por su mayor durabilidad, es la opción preferida en plantas urbanas de gran escala.

Ventajas de la biofiltración
- Costos operativos bajos: los microorganismos hacen el trabajo de degradación de forma continua
- Menor generación de residuos comparada con sistemas de adsorción
- Posibilidad de integración con otros sistemas de tratamiento de aire
¿Carbón activado o biofiltro?
No existe una tecnología única superior en todos los escenarios: la elección depende del volumen de aire a tratar, los picos de concentración de H₂S, el espacio disponible, el clima local y el presupuesto de operación a largo plazo. Lo que sí es constante en ambos casos es que el éxito depende del mantenimiento: si falla el riego de un biofiltro o se olvida cambiar el carbón saturado, el sistema deja de proteger tanto a los trabajadores como a la comunidad vecina.




Deja un comentario